| Informaciones complementarias para los viajes a Alaska |
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El lejano norte es un territorio donde el hombre aún no domina
la naturaleza, donde la tierra está por colonizar y los espacios
son grandes, vírgenes y, en muchos casos, inaccesibles;es la
última frontera del siglo XXI. Primero indios, después
españoles, seguidos por rusos, ingleses y americanos, fueron
colonizando esta región sin conseguir dominarla en su corta
historia. Para disfrutar de la naturaleza en estado primigenio, Alaska
es, aún hoy, uno de los últimos rincones del planeta,
donde, sin sufrir las incomodidades del tercer mundo, se puede llevar
a cabo un viaje para descubrir una de las últimas fronteras
de nuestro tiempo.
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GEOGRAFÍA
E HISTORIA
 El territorio que se pretende conocer, se puede dividir en tres grandes
zonas, claramente diferenciadas: la costa, con muchas precipitaciones,
abundante vegetación y temperaturas relativamente suaves, llena
de islas y fiordos, donde la vida salvaje es muy abundante, tanto en
el mar como en la tierra. Las montañas que se encuentran en la
misma costa y la separan de la planicie interior, con altitudes superiores
a los 6.000 metros y con un clima de alta montaña con lagos y
nieves perpetuas, que en muchos casos llegan hasta el mar en forma de
glaciares o impresionantes cascadas. Finalmente, conoceremos el interior,
planicies y montañas alternándose entre los valles, por
los que corren grandes y fríos ríos llenos de vida salvaje
en un clima más seco y bastante extremo; con temperaturas invernales
inferiores a los 40 grados negativos y una vegetación a veces
densa y tupida, otras veces más abierta, típicamente de
tundra, y donde los incendios en verano pueden llegar a ser fenómenos
naturales de dimensiones incontrolables para el hombre.
Viajando
de sur a norte, cruzando los estados de British Columbia y el Yukon
en Canadá, y visitando el sudeste de Alaska, se podrá
descubrir el territorio a través del cual empezó a colonizarse
el continente americano. No muy lejos, por un estrecho llamado de Bering
-nombre de su descubridor danés (a sueldo del zar de Rusia)-
pasaron, hace ya unos 40.000 años, las primeras tribus nómadas
que provenían de Asia, en distintas oleadas consecutivas y aprovechando
los periodos glaciales. Estos fueron los antecesores de todos los pueblos
indígenas de la América precolombina. Algunas de estas
tribus o sus descendientes, se instalaron en la costa oeste de Alaska
y Canadá, dando origen a las, actualmente muy disminuidas, tribus
de los Tlingit, llamados Klinguit, los Haidas, habitantes de las islas
de la Reina Carlota y de alguna zona costera del continente, dedicados
a la vida marítima; y de los Inuit, más conocidos como
Esquimales, habitantes de las tierras más frías y septentrionales
del continente americano.
El
hombre ha ido descubriendo y explotando los diferentes recursos naturales
de esta rica región, y fue a causa de estos, que se llevó
a cabo la colonización de las lejanas y desconocidas tierras
del norte. Los primeros en instalarse en esta parte del mundo fueron
distintas tribus esquimales y aleutianas. Combinaron pesca y caza, además
de la recolección. En base a esta economía, se trataba
de poblaciones dispersas, con una explotación del entorno extensiva
(versus la de los occidentales, intensiva). las tribus que controlaban
los territorios de pesca, principalmente por la migración del
salmón, ballenas y otros animales marinos que eran su fuente
de alimentación y utensilios.
Los primeros occidentales que se establecieron en estas regiones lo
hacían de un modo estacional, y ligado al comercio de las pieles,
primero como cazadores, más tarde como intermediarios con los
esquimales. Anteriormente, los esquimales habían visto pasar
expediciones de todo tipo, generalmente a la busca del famoso e inexistente
paso del noroeste, que debía facilitar el paso entre los dos
océanos.
Como en el resto del continente, los grupos indígenas fueron
retrocediendo ante la presencia de los occidentales, principalmente
debido a las enfermedades, y en alguna ocasión, ante la presión
militar, léase limpieza étnica, en palabras más
actuales.
Los primeros en tomar posesión de este territorio (de una forma
puramente nominal) fueron los rusos, que a mediados del siglo XIX ya
lo habían vendido pòr unos 8 millones de dólares
a los Estados Unidos, que no sólo no lo han vendido, sino que
siguen extrayendo sus recursos energéticos, tales como el petróleo.
Es
con el siglo XX, cuando llega la fiebre del oro, que miles de personas
desesperadas, procedentes de Europa y Estados Unidos, ven Alaska y el
lejano norte como la única salida a su pobreza, y, sin saber
hacia donde se dirigían realmente, ni qué encontrarían,
se embarcaron en un viaje en muchos casos sin retorno. La fiebre del
oro reactiva efectivamente la vida en el norte del continente. En la
costa, lugar de entrada de los buscadores de oro que se dirigían
hacia el Yukon, las ciudades crecían y la vida económica
empezó a moverse a gran velocidad; en unos parajes donde, pocos
años atrás, solamente había indios, pescadores,
leñadores y algún militar.
Antes de terminar la fiebre del oro, ya se había descubierto
petróleo en el subsuelo helado del norte (el oro negro del siglo
veinte) y eso reactivó definitivamente la colonización
de Alaska, a pesar de las inclemencias del clima, los accidentes naturales
como los volcanes, terremotos, y la lejanía de todos los centros
culturales y sociales de la época. Durante la Segunda Guerra
Mundial, por miedo al intento de invasión de los japoneses hacia
Alaska, el ejército americano con el permiso del gobierno canadiense
construyó la única carretera, la conocida Alcan o Alaska
Highway, que comunica Alaska con el sur del país atravesando
las vastas regiones de la Columbia Británica.
Hoy en día los esquimales y el resto de grupos aborígenes
han aprendido lo suficiente del hombre blanco para poder pactar un reparto
de la tierra que les garantiza supervivencia y recursos. Alaska está
creciendo desde un punto de vista demográfico, paralelo a la
explotación de su subsuelo.
Hacia el norte, el interior aún está despoblado, y nos
encontramos territorios como el estado canadiense del Yukon, dos veces
la Península Ibérica de superficie, con una población
de sólo 40.000 habitantes. Aquí nos daremos cuenta de
la gran cantidad de espacio virgen que existe y de cómo la naturaleza
todavía marca las pautas de la vida diaria.
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