| Narración del viaje a la Antártida de Diana Galimberti, jefa de expedición en expediones a la Antártida |
 |
Es difícil decir dónde comienza un viaje a la Antártida. ¿La preparación del equipaje ? Cierto es que no se puede olvidar nada, hasta la crema de protección para la cara o un par de guantes de repuesto hay que traerlo de casa. Tampoco se pueden cometer errores: ¡ojo a no prever correctamente las capas a ponerse o la capacidad térmica de las prendas! Estos preparativos meticulosos se acompañan a una preparación interior, una progresiva predisposición inducida por la conciencia de partir hacia un lugar extremo, “afuera del mundo”. Es con este espíritu que se cierra la maleta para alcanzar el viaje-expedición a bordo del Professor Multanovskiy a lo largo de las costas de la Península Antártica, una de las pocas zonas del continente blanco relativamente accesible durante el verano austral, entre diciembre y febrero. La salida está prevista del aeropuerto de la ciudad chilena de Punta Arenas, a orillas del Estrecho de Magallanes. En la pista, un Dash-7 canadiense espera la luz verde de sus pilotos que, después haber estudiado meticulosamente los boletines meteorológicos provistos por la torre de control en búsqueda de una ventana de vuelo favorable para el aterrizaje en la Antártida, inspeccionan el cielo una última vez antes de confirmar el despegue. Porque cuando se cruza el Pasaje de Drake, los más de 1.000 Km. de océano al sur de Cabo de Hornos que separan Sudamérica del continente blanco, el avión supera el punto del “no-retorno” y una evaluación equivocada tendría consecuencias fatales. El aterrizaje está previsto sobre la Isla Rey Jorge, en la pista de tierra mantenida por la Fuerza Aérea chilena, única infraestructura existente para todas las naciones que operan en aquella zona. En el medio de la Bahía Fildes, a unos pocos centenares de metros de los edificios desparramados en la playa, insólito conglomerado “urbano” compuesto por la base chilena Freos y la rusa Bellingshausen, se encuentra fondeado el Grigoriy Mikheev, un pequeño buque oceanográfico ruso concebido para la navegación en el Ártico, que resulta especialmente adecuado para navegar entre los hielos de la Antártida. Al casco reforzado del buque, se suma la experiencia de la tripulación y del comandante, Alexey Zakalashnyuk: con más de 10 años de océano austral a sus espaldas, el capitán advierte sobre las insidias de la Antártida, según él “más temibles en comparación a las del polo opuesto. Existen solamente pronósticos meteorológicos sobre macro-escala, la variabilidad local es enorme”. Y es verdaderamente el caso de hablar de insidias, dado que al alba del día siguiente el Grigoriy Mikheev se despierta con 150 km/h de viento. Es verdad que la noche antes el meteorólogo de la Fuerza Aérea chilena, subido a bordo en visita de cortesía, había preanunciado “viento en aumento moderado sobre el archipiélago de las Shetland”, previsión confirmada por los gráficos llegados a la computadora de abordo que estimaban alrededor de 60 km/h ! Frente a un mar siempre más blanco por la espuma de las olas, se decide abandonar las Shetland del Sur para buscar refugio más al sur, a lo largo de la costa de la Península Antártica. Con los ojos pegados al radar y al horizonte, los oficiales rusos se han relevado en la tormenta que ha alcanzado fuerza 12 para prevenir la temible amenaza de los témpanos escondidos entre las olas. Estar en equilibrio sobre un buque que se escora 40 grados hacia ambos lados no es fácil tampoco para un marino experto, pero poco a poco uno se adapta y, tímidamente, se deja capturar por la excepcional belleza de los colores del mar y del cielo que se mezclan entre las salpicaduras. A la noche, finalmente, como suele suceder en estas regiones, el mar y el viento se calman casi de repente y todo parece volver a la normalidad. El buque retoma su andar tranquilo, acunada por el balanceo de las aguas protegidas del Estrecho de Gerlache, donde se asoman las cimas accidentadas de los Montes Ellsworth, de los cuales descienden, como ríos en plena, gigantescos glaciares que se reversan en el mar. A partir de los 64° de latitud Sur, la Península Antártica se revela en toda su magnificencia que la rinde uno de los lugares más fascinantes de toda la Antártida por la belleza de los paisajes, la historia de las antiguas exploraciones y la abundancia de fauna. Libre de todo vínculo, el ojo se adapta al nuevo ambiente. “En esta nueva visión a 360 grados, incapaz de reconocer lo que está cerca o lejos, la mirada busca una referencia en la luz”, aclara el pintor Michael Messonnet que trabaja en el buque desde hace un mes. “Poco a poco se logra percibir la profundidad de un color predominante como el blanco, que se trasforma en un elemento cromático polivalente”. 
Con sus 14.000.000 km2, el blanco glacial de la calota antártica se desliza lentamente desde el centro del continente hacia la costa escondiendo su topografía real, rica en bahías y ensenadas, ocultada entre miles de canales, rocas e islas. Entre éstas, a lo largo del Estrecho de Gerlache aparece la pequeña Isla Cuverville, donde vive una de las más importantes colonias de pingüinos de la zona. Se trata de los pequeños pingüinos Papua y de barbijo, que llegan aquí al principio de la primavera austral para construir su nido sobre la tierra firme. Apenas el 2% de las tierras emergidas no está cubierto por el hielo y es en este espacio reducido donde se concentra gran parte de la vida antártica terrestre: pingüinos, cormoranes, petreles, elefantes marinos, lobos y pequeñas comunidades de insectos y arácnidos, así como algas, líquenes, musgos y las raras gramináceos se contienden estos lugares donde las condiciones ambientales son menos prohibitivas. Los pingüinos no parecen especialmente inquietos por la presencia humana; al contrario, una vez restablecida la calma natural luego del desembarco del bote, se muestran curiosos hacia los nuevos llegados. Pero, como advierte Jordi Plana, el biólogo de la expedición, “el sistema antártico es caracterizado por una organización basada sobre un número limitado de especies altamente dependientes entre si y de su hábitat. Este ecosistema es el fruto de largos procesos evolutivos que han permitido a todas las especies de adaptarse a las duras condiciones ambientales, pero es extremamente sensible a cualquier interferencia externa”. En la bahía frente a Cuverville han encallado gigantescos témpanos, empujados a la deriva hacia el Norte por los vientos y las corrientes. Temidos obstáculos por su ubicación imprevisible y su capacidad de darse vuelta con inesperada celeridad, estos bloques de hielo (de los cuales a penas un noveno es visible en la superficie) constituyen una de las atracciones más espectaculares de la Antártida por sus formas y sus colores, resultado de un increíble trabajo operado en el tiempo por el viento y el mar. La tentación de bajar el bote de goma en el agua y andar entre los hielos es irresistible. A menudo, sobre los bloques más accesibles descansan algunas focas, principalmente Weddell y cangrejeras; sin embargo, tampoco es improbable el encuentro con una foca leopardo vista la cercanía de la colonia de pingüinos, un recurso alimentario importante para este temible predador que, junto a la orca, ocupa el nivel más alto en la cadena alimentaria antártica. Luego de una breve navegación a través del angosto Canal Neumayer, afortunadamente libre de pack a la deriva, el Grigoriy Mikheev toma rumbo hacia Port Lockroy en la minúscula Isla Goudier. Es justo en este brazo de mar que el buque hace su primer encuentro con algunas ballenas. Se trata de dos “minke” o ballenas enanas y, aunque emergen solo algunos segundos para respirar, la emoción y la sorpresa son grandes. Como las demás ballenas del hemisferio austral, estos cetáceos migran hacia la Antártida al principio del verano, atraídos por la abundancia de krill, un pequeño crustáceo parecido a un langostíno que constituye un recurso alimentario fundamental para toda la fauna austral.
En Port Lockroy se encuentra una base británica construida durante la 2a Guerra Mundial en el marco de la operación “Tabarin” para contrastar la expansión alemana en la zona. En la puerta de la pequeña “Base A”, ahora internacionalmente reconocida como Monumento Histórico de la Antártida, el comandante Rick Atkinson recuerda los “viejos tiempos” de la exploración con los trineos de perros, de los cuales él mismo había sido un pionero. Evacuados de la Antártida en el 1992 por el riesgo de transmisión de agentes patógenos a las focas, los perros han sido fieles y confiables compañeros en la reciente historia de las exploraciones del desierto blanco. Todo considerado se trata de una historia relativamente “nueva”, teniendo en cuenta que todavía no han pasado cien años desde cuando el primer hombre ha alcanzado el Polo Sur. Fue Roald Amundsen que en el 1911 planta la bandera noruega en el punto más austral del planeta, exactamente allá donde 34 días más tarde lo habría hecho el británico Robert Falcon Scott, pero este último, cansado y desilusionado, no habría aguantado la fatiga del viaje de retorno. Esta absurda y despiadada competición contrasta con el espíritu que ha caracterizado empresas más “genuinas”, como aquella de Ernest Shackleton o, años antes, de los primeros geógrafos y topógrafos, cuya misión era la de dar forma a la legendaria Terra Australis Incognita. Entre tantos nombres prestigiosos, como Bellingshausen, Weddell, Wilkes, Ross, de Gerlache, Drygalski o Nordenskjöld, se destaca el de Jean Baptiste Charcot, un ilustre francés que ha dejado huellas indelebles en la cartografía antártica del principio del siglo XX. Y es en la bahía de la Isla Petermann, donde se dirige ahora el Grigoriy Mikheev, donde Charcot pasó el invierno de 1909 a bordo del buque Pourquoi pas?. Sus anotaciones representan una importante fuente de información para los investigadores norteamericanos que trabajan en esta isla para estudiar el éxito reproductivo de las colonias de pingüinos. Los primeros resultados dejan entrever conclusiones bastante alarmantes. Melissa Rider explica que sobre la base de los datos recogidos, “los Papuas han aumentado casi en un 30% con respecto a los Adelias que, según los registros de Charcot, constituían la población predominante de la isla. Los Papuas normalmente viven en áreas más templadas con respecto a los Adelias. El hecho de que en estos años se estén desplazando siempre más al sur deja suponer que las condiciones climáticas están cambiando”. Pero el censo de los pingüinos en realidad también tiene otro objetivo: estudiar el impacto del turismo sobre el delicado ecosistema antártico, una problemática reciente, surgida con el progresivo aumento de las visitas no gubernamentales que hoy en día involucran casi 30.000 personas por año entre turistas, navegantes, escaladores y demás. Única actividad económica realizada junto a la pesca (actualmente controlada por una convención internacional especifica), el turismo es compatible con los principios del Tratado Antártico, el acuerdo suscripto por casi 50 naciones que define el continente blanco como “una reserva internacional dedicada a la paz y a la ciencia”. Pero, como todas las actividades conducidas en la Antártida, incluidas las científicas, el turismo tiene que ser analizado desde el punto de vista del impacto ambiental y, en este caso, se pone el difícil problema de establecer a quien corresponde realizar esa evaluación y como considerar el impacto acumulativo, dado que los mismos lugares son visitados por varios operadores. En este sentido, desde el 1991 se a constituido una Asociación de Operadores de Turismo Antártico (IAATO) que ha sido admitida como observador en la mesa de las negociaciones internacionales, contribuyendo sustancialmente a la difusión de las problemáticas antárticas fuera de los ambientes estrictamente científicos.
Frente a la pequeña Isla Petermann, se respira una atmósfera fascinante pese a que el frio se haga sentir siempre más intenso. Aunque no sean especialmente elevadas (apenas unos mil metros), vistas desde el mar las montañas se destacan en el cielo con toda su imponencia; entre éstas, el monte Scott hace de centinela a la entrada del Canal Lemaire, uno de los pasajes obligados más espectaculares de toda la Península, donde la mirada se pierde en un laberinto de canales, islas y témpanos que conducen hacia el inmenso océano austral. En este lugar remoto a las puertas del Círculo Polar Antártico los días no se terminan nunca y el amanecer se mezcla con el atardecer en una interminable sucesión de variaciones repentinas de luces, sombras y matices. Sin embargo, la belleza del lugar no mitiga su dureza en los meses de invierno, cuando todo es atrapado por el hielo y la interminable noche polar. Como bien cuenta Viktor, mecánico de la base ucraniana Vernadsky, “en invierno puede surgir un problema por una dificultad mínima, es suficiente una radio que no recibe mientras te encuentras lejos de la base y todo se complica. Por cierto no hay que salir solos”. Mueve la cabeza en signo de afirmación el joven médico de la base que, en los pocos metros cuadrados de su enfermería, debe saber hacer frente a todo, desde una cirugía de emergencia a una extracción de dientes. Tanto Viktor cuanto el médico forman parte de aquel numeroso conjunto de personas que trabajan en la Antártida para garantizar el funcionamiento de una serie de servicios e infraestructuras indispensables para la supervivencia humana. A este respecto el responsable científico de la base argentina Jubany, situada varios kilómetros más al norte, aclara que “el binomio tradicional ‘logística’ y ‘ciencia’ sigue siendo un concepto único e indivisible, aunque a veces surgen conflictos sobre las prioridades”. Y de esta manera la taza de café ofrecida amistosamente por el mecánico ucraniano, improvisado barman, adquiere un significado especial. Reflexiones como ésta, sumadas a los innumerables recuerdos de lo que se ha visto y oído, requieren de un momento de silencio, de concentración interior para poder asimilar todo lo que no está escrito ni en una guía turística ni en un manual científico. Así la navegación de regreso hacia el norte adquiere un sabor especial, el sentido de sorpresa tal vez ahora sea menos asombroso, pero la conciencia es ciertamente más profunda. Con este nuevo espíritu, el Grigoriy Mikheev atraviesa lugares extraordinarios como Bahía Paraíso, el Canal Errera o las islas Melchior. Durante el retorno hay una etapa que no se puede faltar (la tormenta de los días pasados había modificado todos los planes): es la Isla Decepción, un volcán activo que emerge del mar. Gran parte de la isla está cubierta por glaciares permanentes mezclados con capas de ceniza negra y manchas multicolores de hierro, azufre y cobre, que le confieren un aspecto claramente “infernal”. El buque accede al interior del volcán con máxima precaución cruzando los Fuelles de Neptuno, un angosto y espectacular pasaje de mar formado por violentas erupciones ocurridas hace 10.000 años. Con los ojos pegados sobre el sonar, los oficiales rusos contienen la respiración. El objetivo es la Bahía de los Balleneros donde son visibles las ruinas de la Base “B” británica, destruida por la última erupción de 1969, originariamente construida sobre los restos de una antigua base ballenera chileno-noruega de 1906. En esta atmósfera hecha aún más misteriosa por el vapor que se libera del suelo, no lejos de las calderas en que se derretía la grasa de ballena, emergen aquí y allá cráneos, mandíbulas y vértebras de los gigantescos cetáceos que durante décadas han alimentado una industria despiadada que ha llevado estos mamíferos al borde de la extinción. El cementerio de las ballenas no se encuentra lejos de otro cementerio, identificado por una simple cruz de madera, el de más de 40 balleneros noruegos muertos trabajando en la isla de la “desilusión”.
La última noche a bordo del Grigoriy Mikheev es de fiesta. También la tripulación, por una vez, tiene derecho a una cerveza o un vaso de vino. La música suena alegre en el pequeño bar, donde rusos, turistas e investigadores se mezclan para una última copa antes de volver a Punta Arenas. La alegría en realidad cela una punta de tristeza, la angustia de truncar repentinamente una aventura excepcional y las pocas ganas de hablar de eso no es dictada por la indiferencia, sino revela cuanto profundamente están todos tocados por esta experiencia “fuera del mundo”. Y volver “dentro del mundo” no va a ser fácil. Como confiesa Mira Yifat, “Nada va ser igual. He necesitado dos años para organizar este viaje que ahora me parece haber transcurrido en un abrir y cerrar de ojos. Pero se que durará por siempre, porque no seré más la misma persona”. Si el viaje a la Antártida había empezado con la preparación de la maleta, probablemente su fin será una historia muy larga.
Autora: Diana Galimberti
Ha vivido 10 años en Ushuaia cultivando su pasión para la Patagonia y la Antártida. Jefe de expedición del viaje desde Punta Arenas en los cruceros de expedición desde 2006, se ocupa de Antártida desde 1988 tanto en el marco de proyectos científicos como de expediciones de turismo naturalista.
Arriba
ME INTERESA ESTE VIAJE...
1. Contactar con ÂGAMA
Enviar un email a info@agama.net, llamarnos al 932157320, o pasar por nuestra oficina de la calle Consell de Cent 347, ppal 2a (entre Pg de Gràcia y Rbla Catalunya), en Barcelona, horario de 10:30 a 2, y de 4 a 8, de lunes a viernes,
indicando:
* Número de personas.
* Nombres y Apellidos, según consten en el pasaporte.
* Código de la salida.
* Tipo de cabina.
* ¿Desea que le gestionemos el vuelo?
* En caso afirmativo, ¿desde que aeropuerto prefiere salir?
* ¿Desea que le gestionemos el alojamiento en el puerto de embarque / desembarque?
...y otras preguntas o dudas que pueda tener.
2 - Le confirmamos los datos
Tan pronto como nos sea posible, les enviamos por email, de manera de que dispoga de un documento claro con:
* la disponibilidad de plazas.
* el precio total del viaje con los servicios requeridos.
* la fecha límite para hacer efectiva la reserva.
* la paga y señal necessaria para realizar la reserva.
3 - Decide realizar la reserva
Realiza el pago en efectivo (en nuestro local), con tarjeta de crédito, transferencia bancaria o ingreso en cuenta.
Si no pueden pasar por nuestro local, les enviamos un recibo por email, confirmando la recepción del importe .
Hacemos la reserva de los servicios.
Una vez confirmados los servicios, se lo comunicamos.
4 - ... y los últimos detalles
Realiza el pago del resto del viaje en las fechas indicadas.
Les enviamos por SEUR , correo urgente (1 día) la documentación (billetes, bonos...).
...y no dude en consultar nuestras Condiciones Generales
BueN VIAjE !!!
Arriba |